decálogo para la clase media que se hurga el pupo y en el filo de la uña encuentra, sin sorpresa, una maraña que es deuda ilegítima añejándose

prólogo

b. 1986, HK.

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UN VERANO SIN INSTAGRAM ES MENOS VERANO

Prólogo en posteos

En esta lectura de exploración veamos títulos alternativos que Montoya escribió para este libro en uno de sus poemas: "El fin de Internet, Death by code, Ruinas digitales, Darkness without North, Descomposición autoimpuesta". Veamos ahora títulos alternativos para este prólogo: “System code breakdown, Poesía post-HTML, La angustia del código roto, Romper el código os hará libres, Fahrenheit error 404”. Luego, recuperemos una microficción en honor a Bradbury-Ballard: Después del “Gran Apagón” se vuelven a publicar libros. Éste es uno de ellos. Lo de Fahrenheit 451 ocurrió, pero al revés: inermes, ahora solo recordamos pedazos de hards y softs, líneas sueltas de códigos; las memorias RAM arruinadas, los servidores caídos o acusando espasmos, pandemia de errores 404. Una nueva intemperie post-humana, como si lo propio de lo humano hubiese sido producir su propia interfaz maquínica y quemarla, como corresponde.

Cada poema y el mismo título del libro serían lemas; y en éste subrayamos la palabra “media” y la desviamos hacia los media: la clase de los mass-media y los social media, que también son masivos, aunque por la agregación individuada en la figura del “usuario”. Ahora bien ¿es la clase media –sociológica– la que más se apega a los media? ¿Es la más mediófila de las clases sociales? ¿La más feisbuquera, la más instagramera, la más tuitera, la más watsapera? Apostamos que sí lo es. Un verano sin Instagram es menos verano.

El off de la poesía es una poesía post-maquínica de y para usuarios con mente y sensibilidad adherida, logueada a los protocolos y la merca corporativa de los sistemas. En la era de las redes o, mejor dicho, de las burbujas en las redes, parece que la revolución es romper el código, quebrar la línea, perforar la burbuja. Pero ya no se trataría de un virus destructor o traficante de información sino de una especie de inteligencia casi humana, ajena, alien, extranjera a las redes y sistemas.

La alienación en las redes parece tener una salida con la alienación de segundo, tercer, o cuarto orden, más allá de la metadata, con un desarreglo de la metadata. ¿Se trata entonces de una poesía metadata alien? Ejecutar un .exe extraño que efectúa una suerte de desprogramación emótico-cognitiva a puro golpe de metalenguaje en acción. Aunque esto es falso porque en verdad no hay “meta” porque es el mismo lenguaje, la misma data, los mismos lenguajes donde la revolución es inmanente (¿inminente?). Hace snorkel en el flujo de la semiosis entre mente, sujeto, redes, máquina, corporaciones, capital y viceversa.

No otra cosa que desprogramación sería la poesía cuando abandona su funcionalidad ritual o meramente déco-arregladora del mundo conocido. Cuando se transforma en un hálito verbal o escriturario inquietante. En el límite, con la carga cuasi delictiva o criminalística de la transvaloración, el abismo o la fuga de los sentidos y valores, de esa especie de ideo-gramática de salones o peñas socialmente establecidas de la época.

La única capacidad humana razonable –y acaso también pasional– es ironizar sobre sí misma. La máquina no ironiza, tampoco ríe, sino que ahora tiene virus y bugs. Los humanos son entidades paleozoicas que oscuramente ríen, dando cuenta de la esa capacidad de caos, de batiburrillo, de mandar todo al carajo que tiene, por ejemplo, la poesía. Cuando su eficacia no depende de aparecer en un anaquel, sino de volverse Magritte y no ser una pipa: Ceci n´este pas une pipe/ Esto no es poesía.

La poesía de Montoya sería como una antigüedad tecnológica, el soplo arcaico de un culto oscuro. Sus oficiantes, una secta pre-system, paganos de la semiosfera mediática que cometen errores de teclado, hackean lo real sistémico, hacen una simio-esfera de destellos líricos.

Volvamos sobre un neologismo puesto al pasar (ut supra): “emótico”. La emótica sería la rama de la robótica soft que codifica y comercia con las emociones: co(mo)difica [co(mmo)dify] las emociones.  ¿Acaso la poesía, en tanto frecuencia especial del lenguaje, no ha sufrido la codificación de las emociones en un deber sentir que modula un deber-ser -y un buen sentido (bon sens)? ¿No sería buena poesía aquella frente a la cual no sabemos bien qué sentir? ¿Miedo, dolor, tristeza, risa, enojo, fastidio, compasión o un no-sé-qué? Esa poesía que te hace sentir algo que no se puede definir de un saque… lo demás será commodity de una economía emótica.

La comodificación de las emociones en la era de las mónadas numéricas. Según un científico corporativo de Black Mirror, para calificar como ser humano debes ser capaz de sentir y comunicar al menos 5 emociones, si no apenas serás un mono de peluche (Black Museum, 4° Temporada). En la promovida auto-regulación mercantil de la angustia, para los seres de la clase social-media que aspiran a un código estable, la poesía resulta algo creepy.

¿Quién es el poeta? ¿Qué hace? Aquí es el decodificador de voces oscuras de una neural y neurótica deep web, zona intermedia donde la gelatinosa cerebralidad de sujet@ se anuda en experiencias colectivas del lenguaje impuestas por diversos medios, verbi gratia: mamá-papá, escuela, prójimos, amantes y el hatajo de “otros significativos” -como les llaman los especialistas en vínculos-, y la radio, tele, web, god, ida y vuelta.

Pero esto todavía es muy “giro lingüístico”, algo archivado en los departamentos académicos. ¿En qué estamos ahora? ¿En el desbande de la semiosis? ¿En el Retorno a Spinoza? ¿En esas formas movientes de las aves en bandada? ¿En un neo-naturalismo entrópico? ¿En la melancolía o el spleen de los community managers que envejecen impertérritos entre algoritmos, labs, workshops, crio-coffee y pastillas de diseño? ¿Sueñan con ovejas electrónicas estos antiheroicos Blade Runners?

Ok, en cualquier caso, la poesía anota y anota. A veces funge de escribanía meditativa, zen, del quilombo. Esa zona indefinida de un Asia mental donde ocurren las cosas y nada al mismo tiempo.

Los collages ofician de título de los poemas y son como las tapas de los sencillos o singles en la música. Podría considerarse al libro como un álbum o un mazo de naipes, y a los poemas como letras de una canción hablada. Los collages replican, en la estructura de yuxtaposición icónica, lo que en los poemas es costura de textos.

La estrategia espejada entre los collages y el hilvanado poético ofrece un espacio omnidireccional, hace que puedan ser leídos desde el medio, de abajo hacia arriba o a la inversa. En el extremo, los poemas son nubes de palabras, nubes de tags o etiquetas que resuenan entre sí (como el repique de las campanas de viento o llamadores de ángeles); cierta propiedad sonora en tanto el sonido llena el espacio, flota o hace una melodía.

El lenguaje de la poesía parece hecho de frases capturadas o resaltadas en un flujo de texto sinfín, de una cortina de lluvia hecha de códigos, voces, expresiones. Apelan a una suerte de memoria emótica, preseteada, del usuario/ lector.  ¿Cuánto de uno y cuánto de otro/s hay aquí? ¿Cuánto de otro/s hay en el lenguaje de uno mismo, que se supone que uno opera, maneja, "gestiona", también padece y por el que existe como ser hablante, hablando el mundo y siendo hablado por él? Si los collages parecen un caleidoscopio detenido o congelado, los poemas parecen frases oídas o leídas al pasar en un espacio digital ahora congeladas en el papel, capturadas en el formato libro.

En los inicios históricos del collage, el artista se desmarca del virtuosismo personalísimo del trazo o la pincelada y crea obras al tomar lo que el mundo moderno en su “iconorrea” (aquí: verborrea) deja, usa o abandona por aquí y por allá. Sí punk, junk, pero no nos olvidemos, con Greil Marcus, de los radicalísimos dadá con los célebres Kurt Schwitters y Hannah Höch, por ejemplo. Aunque aquí el poema no acontece en la vociferación del Cabaret Voltaire sino en el espacio azulado del silencio numérico, en esa voz que “nos lee” ahora en el libro en papel, como un gesto para resistir a la pura evanescencia, a la fugacidad (digital) del verbo y la existencia. ¿Leemos un libro o somos leídos por él? Aquí, el poeta se pregunta: “¿para quién mierda es esto… los anarcos? Pecaríamos de simplificación si proponemos que la poesía es tan anarcológica como el código del systema es anarcoléptico.

Chat Bot

_Hubo un tiempo de vincularnos por la carne

_En serio??

_Sí asados de por medio por ejemplo

_Qué asco!!

_Y había vínculos amorosos a través de los cuerpos

_Oh qué paleoamorozoicos campesinos medioevales eráis!!

_Ok te fuiste al carajo

_Ya sé

Entre la lírica hay ramalazos de cuerpos añorados. “Mientras el cerebro muere en la red” el cuerpo recalcitrante bulle, entra en ebullición, se pone a 39º. Hay un entripado de la poesía como “retórica para coger”; tomar, tocar, morder, comer, palpar, sudar, volver a sentir "las halitosis del ayer". Esa piel y tripas que desesperan entre tanta simbolización touchscreen de sistema.

En el libro corre un subwoofer, junto con la maraña barrockera de ansiedad/angustia y risa sardónica: el cuerpo solo, abandonado, que reclama; un latido húmedo, el catzo de la pulsión bombeando abismos. Hay un dolor de cuerpo, dolor indefinido, difícil de identificar, apresar, diagnosticar. La merma de carne que vuelve, mejor dicho “retorna”, en cierta lubricidad visceral. La insistencia de un cuerpo latiente martiro-logueado, pero un cuerpo sin marco teórico; un cuerpo puro, sin espíritu, fláccido, un poco roto. En la era de la hiper-conectividad los gimnasios crecen como setas, ante el peligro de que los cuerpos muten en una suerte de traslúcidos organismos de dolor. Que la carne, aun sola, haga sentir su peso, el calor y el hedor de la existencia.

La poesía circula “entre la nuez y la costilla de lo indecible”, en “la herida humana” y con “la putrefacción de la memoria” [subrayado: putrefacción]. Alguna cita por allí denota la conexión con un pathos a lo Houellebecq, que infunde esa radicalidad del deseo encarnado, suelto a la interface pulsional, y un credo post-foucaultiano: “el amor es la biopolítica de los pobres”.

No obstante, más acá de la tecnofobia apocalíptica que resurge con cierta filosofía coreano-germánica, no estaría de más contrapesar la desolación humanista con el -quizá único­- profesor de literatura que conviene a este libro y a esta época de colapsos de lenguajes. Un punto para la obra del pionero canadiense Marshall McLuhan quien, desde "las extensiones del hombre" en adelante, marca el camino de esta especie de consustanciación humano-mediática, mediológica y –agreguemos nosotros– mediopática y mediopoética. Ni paraíso ni infierno, le bajamos un cambio al dramatismo del "alma bella" y tal vez no estemos ante otra cosa que una nueva y muy humana, demasiado humana, búsqueda de trascendencia, fracasada por supuesto, como todas. Una trascendencia un tanto desprovista de mitos y dioses, aunque potente en su tembladeral de vicios y virtudes, como todas.

“El retorno de lo reprimido se llama remarketing en Adsense”– escribe Montoya. ¿Será la pulsión poética la que rompe códigos? Una corriente eléctrica orgánica atraviesa el firewall de un cerebro sistematizado, en su paso hacia la palabra proferida como un oscuro pedido de auxilio.

La verdad es un bug eterno. El “yo” es un otro subalterno, el "ello" ríe y protesta mientras el "superyó" dispara desde afuera como un francotirador furtivo. Si ya no se cree en revoluciones, digamos que si ha de ocurrir alguna será por error 404 or something (dis)like that. Ese desarreglo del código cuando se vuelve imperioso el cuerpo deseante.

Juan Anselmo Leguizamón

Santiago del Stereo, 2018